7.1 Recepción de la embajada por el shah Abbas (Parte 1)
(15.06.1618 – 17.06.1618)
[A15] Tenía tanto deseo el Embajador de descargarse ya de la obligación de dar su embajada, que luego aquel mismo día que llegó mandó sacar y poner en orden las cosas que había llevado de España, que aunque en tan largo tiempo y por tan varios climas, halló sin daño, aun aquellas cosas que fácilmente pueden corromperse.
Vino aquella tarde el Maymandar, que es el aposentador mayor que ya hemos dicho, y dijo que el rey quería que el Embaxador le viese el domingo, que eran dos días adelante, y que luego otro día vendría él para ver y reconocer el presente, que ya estaba fuera de las cajas.
[A16] Como lo hizo la mañana siguiente, que se le entregó todo conforme á la memoria que desde España se traía. El Embajador quisiera que luego se llevara al rey, por poder él ir otro día más desembarazado, pero el aposentador no quiso, diciendo que era costumbre llevarle delante los embajadores, y ansí se quedó allí aquella noche hasta otro día, domingo.
[A17] El domingo, bien temprano, volvió con más de seiscientos hombres porque cada uno de ellos singularmente llevase una pieza del por pequeña que fuese, en las manos, no bastando cuanto el Embajador insistió, para que las cosas menudas se llevasen juntas porque parecíian mejor.
Pero como no se quisiesen persuadir á ello, se hubo de repartir por todo aquel numero de hombres y muchachos cuanto allí había, que eran muchas piezas de grana y paños finos, felpas y rasos de oro de diversas colores, rasos; otros de primaveras de Italia, urnas grandes, fuentes y aguamaniles de plata dorada, un gran brasero y bufete de plata, un baúl con setenta piezas de plata dorada, en que había todo el servicio cumplido de una mesa, para llevar de camino ó cuando se fuese á caza, seis vasos muy hermosos de oro y cristal y otros dos de oro; una espada y daga con las guarniciones y aderezo de talabartes de oro, un cofrecillo de plata blanca y dorada, labrado curiosamente de figuras de relieve, en que había veinte y tres cadenas de oro esmaltadas, las diez de ellas con grandes joyeles de muy finas esmeraldas y algunas perlas por pendientes en ellos; ocho sortijas de esmeraldas grandes, cuatro jaeces de gineta de oro y plata, bordadas las mochilas de lo mesmo; seis jacos de malla jacerina, cinquenta cañones de arcabuzes, otros cinquenta arcabuzes con sus cajas de atauxia de oro, labrados los cañones, que eran largos y para caza, con sus llaves de rueda de la misma atauxia de oro, y con fundas bordadas de oro de cañutillo, con algunas pistolas y medios mosquetes para guerra, guarnecidas las cajas y frascos con mucho primor. Sin esto venían cien arrobas de acero, una caja muy grande llena de toda suerte de herramientas para labrar madera y hierro y para el ministerio de cirugía, y cinco grandes barriles en que venían treinta arrobas de cochinilla, que es con que se tiñe la finísima color carmesí, cosa de mucha estima y de las de mayor precio que venían en todo el presente.
Y porque el rey quiso que con todo esto fuese lo que el Embajador de su parte le enviaba, lo llevaron también, que eran dos retratos de mujeres vestidas y tocadas á la española, que el uno era de la Infanta de España y reina de Francia; doce picas de la isla de Seilan con muy fuertes astas y hierros labrados de atauxia de plata; cuatro arcabuzes de Seilan de á siete palmos el cañón y de no mucha munición, que alcanzaban á trescientos pasos de puntería, con muy hermosas cajas y frascos guarnecidos de plata y cadenillas de lo mismo; otro arcabuz de Seilan del mismo largor que los otros, pero mucho más grueso, con sus frascos de marfil y dorados, y lo que se podía estimar en más, un grande y ferocísimo alano que lo había traído de España, de notable generosidad y fortaleza.
Llevose todo esto primero por las plazas y calles más públicas de Casbin, y luego pararon los que lo llevaban en una calle antes de llegar á la huerta y casa en que había de recibir al Embajador, el cual salió de su posada á las cuatro de la tarde acompañado del gobernador y aposentador mayor y otros muchos soldados y criados del rey, con todos sus criados, de otra librea diferente y más costosa que la del día de la entrada, no pudiendo pasar sino con mucha dificultad por las calles, según era mucho el número de gente que acudía á ver hombres de traje tan diferente y peregrino del suyo.
Y caminando por la calle adonde el presente había parado, se llegó á treinta pasos de la casa y huerta adonde el rey estaba, y alli se apeó el Embajador y se sentó en unas alfombras que á este fin le tenían puestas debajo de un árbol, alrededor de cuyo tronco había un poyo de dos pies de alto, como suele haber en muchas de las aldeas y lugares pequeños de España. El terrero que había delante de la puerta de la casa estaba lleno de gente muy lucida á pie, teniendo los más principales de ellos, en que entraban los que habían acompañado al Embajador, desde donde él estaba hasta la misma puerta por donde se había de entrar, hecha una calle.
Y después de haberse detenido allí más de media hora, como el asiento que el Embajador tenía no fuese muy cómodo y se hallase muy cansado y apretado con el vestido de gala ya desusado para él, pidió al aposentador mayor que se llegase alli y le rrogó que entrase al rey y le dijese de su parte como estaba muy fatigado y cansado con aquel hábito juvenil que aquel dia se había puesto por servirle, y porque Su Alteza también viese el traje con que los españoles festejaban los nacimientos y casamientos de sus reyes, y que ansí le suplicaba que le mandase luego entrar; si no, que se volvería á su posada. El aposentador, aunque de mala gana, fue con este recado, y después de haberse detenido un poco volvió con la respuesta diciendo que el rey mandaba que entrase, hallando ya al Embajador bien enfadado, porque no sentía tanto el cansancio como la fastuosa y arrogante costumbre de estos bárbaros orientales de hacer detener y aguardar los Embajadores, y particularmente por sospechar que el mandarle esperar allí fuese porque á un mismo tiempo llegase el Chaus del Turco, á quien no se le había dado aun particular audiencia.
Entró el Embajador con la gente más principal que allí había, y todos sus criados mas cerca de él, hasta llegar á la huerta, que estaba muy opaca y frondosa, y allí salió Agamir, secretario de Estado, y Yucef Aga, eunucho, aunque de grande auturidad con el rey, y andando buen trecho por una calle de muy altos cípreses y hermosos plátanos se quedaron poco á poco los más de los que con el Embajador entraron, no quedando con él más de sus criados y los personajes y ministros ya nombrados. Guiaron luego desde la calle grande, á la mano izquierda, por otra calle menor de arboles muy espesos, hasta salir de ella, descubriéndose luego un hermosísimo y grande estanque de más de cien pasos cada lado, en cuadro perfecto, en cuyo centro estaba un cenador descubierto por todas partes, fuera de la cúpula que sustentaban cuatro pilares gruesos de madera. Entrábase al cenador por un pasadizo ó puentecilla de cuatro ó cinco pies de ancho con sus barandillas por los lados, y antes que se llegase con sesenta pasos al estanque hicieron los que iban con el Enbaxador quedar á sus criados, y uno de los intérpretes le advirtió y señaló que estaba alli el rey, por conocerle muy bien habiéndole muchas veces visto y hablado, el qual había salido del cenador solo, sin echarse de ver en él, y estaría como cuarenta pasos del estanque.
Entonces el Embajador, quitada la gorra y bajando la rodilla hizo la salva con la mano derecha, llegándola á la boca, y poniéndola después sobre la manga de la aljuba ó cabaya del rey la volvió á besar, y besando ansimesmo la carta que traía de Su Magestad Catholica, se la dio en su mano. El rey, después de haber tomado la carta y recibido con grandes demostraciones de contento al Embajador, diciendo lo mucho que holgaba de su venida, le preguntó por la salud de Su Majestad y que de cuanto tiempo tenía cartas suyas, á lo cual habiéndole satisfecho el Embajador con las pocas palabras que el tiempo pedía, se encaminó al cenador, habiéndole señalado el rey que fuese para allá. Y después de haber subido á él por dos ó tres gradas que había desde la puentecilla, halló allí cinco ó seis persianos, y aunque mozos, muy autorizados y de grave presencia, vestidos con ropas de brocado alto, más largas que las aljubas que ordinariamente traen, y estando todos en pie, los dos que estaban á la mano derecha del cenador pusieron al Embajador en medio y se sentaron en alfombras de que estaba cubierto el suelo del cenador.
Muy poco tiempo, ó luego como el Embajador se sentó, con harta molestia, por estar con calzas y su espada ceñida, entró el Chaus del Turco, solo vestida una ropa de raso leonado muy larga hasta el tobillo, con un turbante todo blanco, como acostumbran los turcos, y sin cimitarra, y ansi por esto como por una muy larga barba y modesta mesura con que venía, creyó el Embajador que era algún saide ó alfaquí de los arabes que entonces habían venido de Oeza, ciudad donde el Monbareca reside. Pero luego, su intérprete, que estaba en pie en medio del cenador, le dijo que era el Embajador del Rume, llamando por este nombre todos los levantiscos á los turcos, ansi como á los europeos llaman Francos. El Chaus, aunque se embarazó algo luego como entró, del nuevo traje para ellos con que vio al Embajador, pasó adelante con mucha gravedad y compostura, á quien luego, otros dos de los persianos que estaban á la parte izquierda del cenador, lo pusieron en medio de si y hablando el Embajador por medio de su intérprete con los que tenía á los lados, que eran el Cham ó Soltan de Guilan y otro gran señor de los Curdos, que habitan los montes que dividen á Media de la provincia de Susiana, llamada hoy Susien ó Suster, le preguntó este postrero, ¿que le pareсía del Chaus? porque él preguntó esto medio riéndole respondio el Embajador, que un muy honrrado y venerable mulla, llamando en Persia con este nombre á sus sacerdotes ó alfaquis.
Rieron mucho de esto los persianos y pasaran más adelante con la conversación si á este tiempo no entrara el rey, que traía en la mano uno de los arcabuzes del presente, que por ser de cuerda y de largura moderada y munición gruesa, acomodado para pelear con él á caballo, le había parecido mejor. Y haciendo señas que nadie se levantase, le preguntó al Embajador si eran de aquellos arcabuces con que peleaban los españoles, el cual le respondió que de aquella munición y largura eran de los que usaba la infantería, y de un poco más cortos la caballería ligera; el rey entonces encaró el arcabuz poniéndolo en el rostro, y luego lo dio á un muchacho de algunos que habían venido con él y estaban con otros criados del rey en la barandilla que rodeaua alrededor todo el cenador, que era algo más estrecha que el pasadizo ó puentecilla por donde se entraba á él. En esto el rey se sentó teniendo á un lado y á otro, más cerca de sí, á dos de aquellos persianos, junto á los cuales estaban el Embajador y Chaus, según parecía para más siguridad de su persona, como cerimonia y antigua costumbre entre ellos.
(García de Silva y Figueroa "Comentarios", Tomo II, Libro V, Capítulo IV, pp. 81 – 87)
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